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Por Silvina Morelli *
“El Yo ya no vive en un infierno poblado de otros egos rivales o despreciados (…) lo relacional se borra (…) en un desierto de autonomía y de neutralidad asfixiantes. (...) cada uno exige estar (…) cada vez más solo y simultáneamente no se soporta a sí mismo, cara a cara".
Gilles Lipovetski
Sin temor a equivocarme puedo afirmar que quienes no se "en-redan" quedan fuera de una época en la que los nuevos medios digitales trascienden las fronteras del espacio y la interacción personal “real”, creando nuevas formas de comunicación. Aquellos que no acceden a las redes sociales, son definidos por los que sí acceden como “bichos raros” que “se quedan fuera del mundo actual”. Muchos de nosotros decimos que “conversamos” con tal o cual persona en Facebook y que además es nuestro “amigx”.
Ahora bien, si pensamos en aquello que define una conversación, ¿estuvimos conversando realmente? Si no conocemos a la persona con la que nos contactamos, ¿tenemos la certeza de que es “real”? Si en la actualidad la comunicación es estratégica en el desarrollo personal y corporativo, y los nuevos medios y servicios digitales generaron cambios en las formas de producción de sentido, ¿no sería necesario reformular enserio nuevos conceptos vinculados a ella y a estos nuevos espacios de construcción de la identidad? En este contexto, una vez me dijeron: “soy facebook visto, luego existo” y al respecto, ¿no deberíamos problematizar esta idea tan pertinente en los tiempos que corren?
Comunicar identidad desde las redes sociales es comprender que la imagen será percibida como un conjunto de atributos que influyen en otras personas y en sus comportamientos, en sus elecciones y en sus decisiones. Comunicamos un discurso de manera consciente o inconsciente, voluntaria o involuntaria. Proyectamos nuestra identidad construyéndonos a nosotros mismos y a los otros subjetivamente y destacando ciertos atributos personales.
Pongamos un ejemplo. Tenemos un teléfono con acceso a datos y queremos "postear" una "selfie". Nos la sacamos, no nos gusta y la descartamos. Nos sacamos otra, tampoco nos gusta y también la dejamos de lado. Hacemos una serie de tomas, elegimos la que a nuestro criterio esté mejor. Tal vez la sometemos a un editor digital auto-gestionando una metamorfosis casera de nosotros mismos. Creamos nuestra mejor versión para nuestros ojos y para los de aquellos que nos contemplan. La publicamos. Inmediatamente tal imagen comienza a recibir "megusteos" y/o comentarios de lo más agradables que levantarán nuestra autoestima. Ahora bien, la cosa puede complicarse si esa misma imagen es publicada en Tinder -una aplicación geo-social que permite que sus usuarixs se comuniquen con otras personas, en una suerte de reunión de "solos y solas" virtual y "a la carta" que requiere que tengas una cuenta de Facebook para ingresar y una vez que lo hacés, analiza tu perfil buscando datos comunes con parejas potenciales, teniendo en cuenta información que publican los "tindernautas"-. Una vez que esos datos ingresaron en la plataforma, podes ver fotografías de personas afines a las que aceptás, si te gustan. La persona que elegiste recibe una notificación y si ambos se sienten atraídos por lo que “muestran ser", se habilita un chat privado y ya pueden concretar una cita. Los creadores de la aplicación tuvieron piedad y decidieron que los usuarios no se enteren si son rechazados para no dañar sus sentimientos. Nada puede salir mal. O sí, ya que hay testimonios de usuarios que comentan que concretaron una "cita" y no pudieron reconocer a la persona de la imagen "retocada" de Tinder o de Facebook.
Podríamos afirmar que los usuarios de las redes sociales se constituyen como una suerte de productos publicitarios u objetos que se exhiben en una vidriera que nos pone en contacto con otros. En el espacio virtual, los sujetos sociales construyen "marcas" para realizar transacciones en una suerte de comunidad corporativa de sujetos con intereses -aparentemente- comunes que se crean, re-crean, diseñan, re-diseñan y exponen como la mejor versión de sí mismos.
Hacia formas atemperadas y efímeras de goce
A la par del desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, se instaló y fortaleció el culto a la estética corporal vinculándola con los valores de la belleza y de la juventud. De este modo, no es casual que los editores fotográficos sean cada vez más complejos y precisos. Ellos son funcionales a la idea de un cuerpo-objeto que puedo mirar fuera de mi mismo, como si fuese otro yo distinto de mí y al cual puedo cambiar y perfeccionar según los parámetros estéticos y mercancías disponibles en el mercado.
En este marco, las estéticas quirúrgicas inaccesibles para todos y todas, pueden emularse y exhibirse en las pantallas. Ese cuerpo construido que no poseo ni me pertenece, está sujetado a valores que impregnan los discursos sociales y que están ligados a la perfección, la superioridad y la producción en serie.
Un cuerpo disociado del sujeto y reducido a objeto. Un cuerpo posible de manipular. Un cuerpo que puede retocarse digitalmente en una máquina que lo transforma en algo artificial, eliminando el desgaste, las lesiones y el sufrimiento. Una máquina que puede acolchonar el dolor de la imagen real con amortiguadores virtuales que logran formas atemperadas y efímeras de goce además de borrar diferencias entre los sectores sociales y los cuerpos.
Esta exposición casi obscena que permite estar conectados las veinticuatro horas de cada día, esconde cierta imposibilidad de comunicación "real" con los otros. Una suerte de elogio de la soledad perceptible en los gestos cotidianos y en las prácticas sociales actuales. Una suerte de hedonismo que funcionaría como síntoma social y que puede ser el punto de arranque para re pensar conceptos vinculados con la teoría y las prácticas de la comunicación social en los tiempos de selfies.
*Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA), especialista en Políticas y Planificación - Consultora de Comunicación Política e Institucional - Escritora - Adjunta a cargo de la materia "Elementos del Desarrollo Local" en la carrera Política, Gestión y Comunicación de la Universidad Nacional de Avellaneda - Capacitadora