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Por Virginia Gilardi *
Es común escuchar cuál sería el motivo por el cual habría que consultar a un analista en lugar de tener una charla con un amigo que pueda comprendernos y aconsejarnos sobre tal o cual problema y darnos su punto de vista sobre algún conflicto que tengamos. Con este criterio ¿quién mejor que alguien que nos conoce y nos aprecia para opinar, en lugar de contarle a alguien desconocido las cuestiones privadas que nos afligen? Es que por estar en el lenguaje tenemos que dirigirnos a otro, quien otorga tal o cual significado a nuestros planteos o preguntas. Esto es así desde que somos pequeños, como cuando por ejemplo frente a la pregunta de un niño la madre le responde con tal o cual argumento de acuerdo a lo que considere conveniente y oportuno. Es ese otro quien significa, quien atribuye un significado a lo que ese sujeto niño pide. Es así…. Vía la entrada en el lenguaje estamos atrapados en un mundo de significados, dependemos de otros que nos constituyen y nos aportan sus significaciones. A partir de otro el lenguaje encarnado en la palabra ya porta un poder.
¿Cuál sería entonces la diferencia entre esos otros -amigos y familiares- que nos aportan sus opiniones, sus consejos, en definitiva, sus significaciones… y una práctica psicoanalítica?
Puedo aproximar una respuesta y diferenciar el poder que tiene la palabra en el discurso del ejercicio de un poder de quien escucha y pretenda dirigir una cura vía la sugestión. Justamente un practicante del psicoanálisis debe estar por lo menos advertido de no ejercer el poder de ofrecer en la cura sus propias significaciones al analizante. Queriendo ejercer ese poder de la sugestión, su práctica se vuelve impotente. El verdadero poder está en la palabra y no en quien dirige la cura.
¿Y cuál es el poder de la palabra? ¿Para qué hablamos en un análisis?
Lejos de expresar sentimientos, pasiones, verdades, mentiras, el poder de la palabra es constituirse en un artificio con la potencia de producir un efecto de novedad, algo del orden de una palabra nueva que suceda por el encuentro con un analista.
Orientarse en el poder de la palabra es advertir que el lenguaje se nos presenta con un aspecto de naturalidad, de armonía y coherencia con lo que se intenta decir o con lo que
se quiere describir. Pero la palabra en un análisis lejos está de esta armonía. Cuando el analista renuncia al ejercicio del poder de la sugestión en la cura, rápidamente, quien habla, el analizante, comienza a poner en duda, poco a poco, vez por vez, una a una el conjunto de sus significaciones adquiridas y coaguladas. El sujeto se permite las preguntas y ya no le alcanzan las significaciones del otro para procurarse una respuesta.
El analista es tomado por otro y de este modo se ofrece como soporte de la palabra. Es en este momento cuando el analista sostiene la abstinencia como renuncia al poder que le otorga el dispositivo analítico. Anoticiado de este lugar que ocupa podrá hacer los movimientos que crea convenientes para generar nuevos pedidos y el deseo oculto en ellos.
* Virginia Gilardi
Miembro de APSaT
www.apsat.com.ar