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Por Verónica Ortiz *
No es una pedagogía. No intenta ninguna reeducación emocional del paciente porque no se propone ningún ideal a cumplir.
No es una filosofía. No se trata de encontrar la esencia de las cosas ni de explicar el ser o el sentido de la vida.
No es una psicología. No se propone adaptaciones a la realidad. Tampoco fortalecimientos del yo ni de la personalidad. Y menos aún objetivos a cumplir en etapas, focalizados de antemano.
No es, desde ya, una religión. No se trata del amor al prójimo.
Tampoco una moral. No hay un bien para alguien, preestablecido antes de que empiece a hablar.
Menos aún, un discurso amo. No se trata de que la cosa marche sí o sí, sin importar a qué costo subjetivo. Ni eficiencia, ni productividad, ni optimización.
No es un objeto más en el mercado de la salud mental. Se sustrae a las lógicas de evaluación o medición de alguna pretendida eficacia.
¿Qué es entonces? Es una experiencia. Una experiencia en las que algunos se aventuran: la de la “otra escena”, como la llamaba Sigmund Freud; la escena de las motivaciones y determinaciones inconscientes.
Es una apuesta: apuesta a escuchar el deseo entre las palabras que decimos, que no resulta casi nunca coincidente con lo que creemos que queremos.
Es una oportunidad. De modificar aquellas cosas que implican un padecimiento. La oportunidad de cernir algo que nos es absolutamente propio, decididamente singular, y que no se puede circunscribir en manuales de autoayuda generalizados ni estadísticas de salud mental.
Atreverse a tal experiencia, entonces, es una cuestión que implica una diferencia con cualquier otra terapéutica.
* Verónica Ortiz, miembro de APSaT.
Publicado en Boletín El psicoanálisis en la ciudad, Nro 4.
Asociación de Psicoanálisis San Fernando Tigre
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